La meta es el olvido

Escrito por Carlos Carpintero

La meta es el olvido

La identidad del signo tipográfico parece ajena a la voluntad, deseos e intenciones de su autor.


Pensar en una fuente tipográfica es, entre otras cosas, pensar en un sistema. Un juego con reglas propias, que no necesariamente son coincidentes con las reglas de otros juegos, pero que deberían respetarse internamente si el objetivo es lograr una propuesta coherente.

Pregunto entonces si coincidimos en la definición de “sistema”. Mi afición turística a la semiolingüística me indica que un sistema, siguiendo la definición saussureana, es un conjunto finito de elementos con infinita potencialidad de combinaciones. Esta noción es muy rica para pensar en la respiración de una fuente tipográfica, su devenir, accidentes, logros e infortunios. Un juego con reglas internas que se aparea con otros juegos y produce resultados (en ocasiones) inesperados.

“Jugar” no quiere decir “saber cómo terminará el juego.” Todos los juegos son en un sentido juegos de azar. En este momento estoy haciendo uso de un sistema con reglas internas que procuran su estabilidad. Ese sistema es la lengua, el juego de los juegos, ya que ningún otro sistema puede dar cuenta de los restantes sistemas como la lengua lo puede hacer. O al menos, eso es lo que nos hace creer. Conocemos las reglas de la lengua, lo cual no nos permite que sepamos hacia qué lugar nos dirigimos cuando ponemos a funcionar la maquinaria.

Algo similar sucede con sistemas más discretos, como las fuentes tipográficas. El diseñador de fuentes propone, pero como la identidad no es un depósito de los signos sino una construcción que se realiza en la interrelación con otros signos, no es posible determinar cuál será el destino de las letras cuando se conviertan en palabras vivas.

Hablamos de identidad del signo tipográfico. Siguiendo con definiciones prestadas por el semiólogo ginebrino, la identidad es la diferencia entre un elemento del sistema y los restantes. Una diferencia de definición negativa, ya que en la anatomía de los signos está ausente el corazón. El signo se vuelve vital cuando las palabras se transforman en enunciados: cuando son dichas por un autor. Hasta ese momento, la tipografía (como la lengua) es pura potencialidad. Es la fatalidad de todo sistema significante: no se puede fijar la identidad de sus elementos, ya que se hace efectiva en la relación. En una fuente tipográfica, con la identidad sucede lo que extensamente sucede en el diccionario. Todo está en todas partes pero no está en sí en ningún lado.

Acompañando la consideración borgeana sobre la autoría en Un poeta menor:
La meta es el olvido.
Yo he llegado antes.


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