Cartografía

Escrito por Carlos Carpintero

Necesitamos nuevos cartógrafos. Un tipo especial de cartógrafo, alguien que conozca la labor del tipógrafo y la del semiólogo. Alguien que pueda proyectar los saberes de múltiples prácticas. Hoy tenemos coordenadas sin coherencia.

Nuestro cartógrafo sabrá de límites y fronteras, proyectará ejes para superar dicotomías, será hábil con el compás para medir distancias y conocerá las lenguas de muchas naciones. Es un animal de ciudad: se ha emborrachado en los distintos circuitos urbanos, ha leído todos sus carteles y afiches, la señalética y las vidrieras. No hay gráfica urbana que le sea desconocida. Y al mismo tiempo, toda la ciudad le resulta ajena: poéticamente ajena, extraña. Con esa distancia que permite tener una visión y no un mero reconocimiento de las cosas.

Los signos de la ciudad mutan continuamente. Signos urbanos, en diálogo con habitantes y ciudadanos, reproduciendo y legitimando ideologías o luchando con ellas. Si hay tantos géneros discursivos como prácticas, tenemos un gran territorio por explorar: el de la relación ciudad / tipografía. Un objeto de estudio que merece ser analizado desde una perspectiva integradora de disciplinas, y no desde el rígido formalismo ni desde la descalificación soberbia.

¿Recuerdan la imagen del científico-explorador victoriano? Llegaba a una región de África y describía el "espécimen humano" que allí encontraba. "Hemos traído la luz de la civilización a estos salvajes, que ahora cubren sus cuerpos con ropas en lugar de andar desnudos." O bien: "Las precarias manifestaciones artísticas nos hablan del escaso desarrollo de esta tribu." La miopía era del explorador, no de la tribu. Sin embargo, resulta habitual entre nosotros que nos encontremos con relatos de exploradores urbanos, que coleccionan imágenes de manifestaciones gráficas con el fin de recrear su mirada con la incultura de los bárbaros. ¿No sospechan acaso que hay otra densidad bajo las letras trazadas con cal o aerosol negro? ¿No les habla el stencil de un muro o el afiche-collage de una lucha feroz de lenguajes y antilenguajes, de enfrentamientos entre maneras de ver y de ser en el mundo? Un cartel puede ser ícono de un combate discursivo, proponer una nueva solución (impensada, original) a un problema tipográfico o terminar en una jaula de circo.

¿Quién se animará a dar cuenta de este territorio a través de un mapa?

Ciertamente, quien se dedique a esta tarea deberá conocer íntimamente el tejido tipográfico. Deberá dominar el oficio. Será un padre o un amante. Hay quien hace fuentes como tiene hijos: les brinda el tiempo y el amor que sólo un padre puede dar. Y hay quien hace fuentes como tiene amantes: con esa pasión efímera, de Casanova, acumula nombres en una lista. Dos actitudes distintas, y en mi opinión, igualmente válidas. Son maneras de obrar que tienen un vínculo (a veces inconfesable) con el producto de su labor: una relación intestina.

Por otra parte, el cartógrafo deberá escapar a la seducción de la filosofía turística. Nada más lejos de su intención que la colección de souvenirs vacíos de sentido ni la acumulación de anécdotas de viaje en video. No le interesa la comodidad del flaneur. Está más cerca del semiólogo francés que pensaba en la "cocina del sentido", y que como amante de los signos, no podía evitar leer la ciudad mientras caminaba por ella.


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